También duele de este lado.
por Moshé Yanai2006-08-02 15:32:00
La primera impresión ha sido espeluznante: ver la hilera de criaturas sin vida sencillamente horroriza. No es una visión que puede agradar a nadie, y menos a nosotros, cuyo concepto de la vida es por dictamen religioso un valor absoluto. De modo que también aquí, en Israel, se han hecho preguntas muy punzantes. ¿Por qué? En este país no se baila en las calles ni se reparten golosinas, cuando mueren enemigos. Somos tan sensibles a la vida como cualquier otra persona en nuestro mundo de hoy, en el mundo calificado como civilizado.
Podrá ser una anomalía, pero es cierto: estamos muy impresionados, hasta entristecidos y algo desconcertados, porque sinceramente nos duele ver las consecuencias de esta guerra. Una contienda que no hemos iniciado ni tramado, una guerra que se nos ha impuesto. En ello hay consenso nacional y hasta la extrema izquierda de este país lo acepta. Pero estamos seguros de una cosa: semejante desgracia no ha sido causado adrede, no hay israelí que lo pueda hacer sabiendo de antemano los resultados. No somos de semejante calaña, y respetamos la vida. Todavía no ha surgido aquí algún suicida que se detone en medio de adolescentes que van a una discoteca, que haga estallar autobuses sabiendo que mata a mujeres y niños, que se infiltre en una aldea y mate a quemarropa, en sus camas, a una mujer y a sus criaturas. Se ha de recordar que todo esto, y mucho más, ha sucedido en este país.
Me parece que los medios de difusión están presentando una imagen distorsionada. La moneda tiene dos caras, y ven solamente una: la que impresiona más, la que puede ser la más chocante, desconsoladora, horrorosa. La víctima se ha convertido en el agresor, por el simple hecho que tiene mayor fuerza que aquél. Si las cosas fueran a la inversa, mucho me temo que ya no habría quedado casi nadie para relatar estos hechos. Pretender que Israel es un país agresor es poner un velo frente a la realidad y ver la situación en forma borrosa y hasta alterada. A pesar de todo, se puede exclamar a pleno pulmón que no hay un país que aspire tanto a concertar la paz como éste.
De cualquier modo no se ha de olvidar que del otro lado se está atacando precisamente objetivos civiles: afortunadamente el hecho que no tengamos que lamentar tantas víctimas se debe a una mayor preparación, a esa inquietud por la vida que dicta todos nuestros pasos. Lo que se traduce en refugios y en otras medidas de seguridad que no parecen existir en el lado contrario. Y en el hecho que aunque no obtenga tanta publicidad, ahora hay en Israel centenares de miles de refugiados que se han desplazado al centro y sur del país, que han abandonado sus hogares perseguidos por los misiles disparados desde el otro lado de la frontera. Pero los daños materiales son muy serios, y la destrucción es evidente en toda Galilea y la Bahía de Haifa.
Veamos cómo son las cosas. Contemplemos la situación despasionadamente. No creo que se pueda discutir que Israel ha sido objeto de una grave provocación, cualquier otro país no hubiera podido menos que devolver el golpe. Lo asestó una organización extremista, por menos decir. Terrorista hubiera sido el término adecuado, pero no todos lo aceptan por ciertas razones. Hablan de resistencia a la ocupación, pero con el Líbano hace años que ésta no existe. La ONU lo ha confirmado categóricamente. La cuestión es que una entidad no estatal ha sumido el mando y control de una gran parte del territorio nacional de Beirut. Allí es quien ordena, y tiene efectivos militares a lo largo de la frontera de otro país soberano. Al que, se ha de recordar, le niega el derecho de existir. Y desde siempre ha buscado el modo de provocarlo.
Es una lucha desigual. Por un lado un ejército regular, por el otro, una guerrilla. Esta suele mezclarse en la población civil. Considera que le conviene escudarse entre campesinos y obreros, porque bien conoce el valor que el otro lado concede a la vida humana. Hoy el mundo occidental acusa a Israel de haber procedido con inusitada violencia. Quisiera recordar a quienes así piensan, que en su mayoría están animados por buenas intenciones, que no todo es blanco y negro. Se informa por ejemplo, que desde Kfar Qana se dispararon 150 misiles contra Israel. Y, por otra parte, un Occidente ya desesperado después de tanto tiempo de negociaciones fútiles, bombardeó Kosovo durante once semanas, en cuyo curso perdieron la vida 2.000 personas y unas 800.000 se convirtieron en refugiados. Eso ocurrió en 1998, durante el mando de un Presidente tan moderado como Bill Clinton, quien explicó que si no se tomara esa decisión extrema, la crisis de Yugoslavia todavía empeorara. Lamentablemente, la situación en el Medio Oriente es tal que las negociaciones de por sí no parecen conseguir nada.
No es precisamente justo juzgar a Israel por un hecho aislado. Este de por sí, tiene aspectos intrigantes. ¿Cómo sucedió que un edificio atacado a medianoche se desplomara solamente al amanecer? ¿Qué habría ocurrido allá? Preguntas que no han sido contestadas hasta ahora. De cualquier modo, eso no debe distraer la atención del quid del problema. Este se llama Hizbulá y hoy amenaza a Israel. Mañana puede amenazar a otros, a no ser que se le detenga en su carrera de muerte y destrucción.
El autor es traductor y periodista

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